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Casarse afuera del Registro Civil, una costumbre que crece entre los porteños

Aunar, facilitar y personalizar. Sobre estos 3 fundamentos prácticos se fundamenta la más reciente opción alternativa del Registro Civil de la Urbe, que hace poco más de un año ofrece la posibilidad de festejar un matrimonio civil en domicilios privados, sin precisar cumplimentar ninguna liturgia anterior. No obstante, si bien facilita la resolución de formalizar para muchas parejas, esta modalidad está lejos de representar un trámite sin sitio para la emoción. Por contra, se concreta como una de las propuestas con más chances de planear un instante único y «a la medida» de los novios.

La opción se sumó a los servicios del Registro del salon de eventos, que depende del Ministerio de Gobierno porteño, a fines de abril de dos mil diecisiete. Hasta ese momento, los novios que decidían mudar su casamiento civil al sitio escogido para el festejo solo podían cumplir ese deseo de forma parcial. Se les demandaba que la liturgia se oficializase sí o bien sí en la edificación de la calle Uruguay o bien en ciertas sedes comunales y después, puertas afuera de las dependencias, volvía a simularse el acto a lo largo de la celebración. Por último, se les entregaba la libreta roja.

A poco más de un año de habilitada, la iniciativa cuadriplicó a su predecesora, la de la «entrega de libreta roja» (se pasó de ochenta y nueve parejas en dos mil dieciseis a más de trescientos cincuenta el año pasado), dejando en claro que para muchos el acto de casarse por Civil representa más una celebración en un salon de fiestas en belgrano que un trámite.

«Fue mutando el paradigma de la celebración del sábado de noche. La celebración es el Civil en sí, sin partir los festejos y agrupando todo», resume Mariano Cordeiro, directivo del Registro. Y da cuenta de que esta tendencia empezó a verse con el lanzamiento de los casamientos en lugares simbólicos, que desde su debut en el Teatro Colón en el último mes del año de dos mil dieciseis, hasta la data, ya lleva prácticamente trescientos «Sí, deseo».

Para acceder a este servicio es requisito que el espacio escogido se ubique en territorio porteño, aparte de presentar 4 testigos en lugar de 2, como se piden para las liturgias en el registro. El trámite tiene un costo de dólares americanos 6800 y se comienza mediante la página web de la Urbe, en el apartado «liturgias en domicilios privados». Allá se pide el turno treinta días hábiles ya antes de la data escogida para la celebración, y setenta y dos horas después uno de los 2 novios va a deber acercarse al registro más próximo, de novecientos treinta a catorce y treinta, para presentar la petición de reserva y efectuar la revisión de la documentación.

Hasta el instante, esta modalidad está libre para los días jueves y viernes de diecisiete a veintiuno, y todos los sábados, domingos y feriados de diez a veintiuno. Sucede que se festejan a contraturno de los casamientos en los registros, si bien la creciente demanda está empujando la chance de que la grilla por fuera de las oficinas se extienda. «Debido a que muchas parejas optan por los lugares privados y simbólicos, probablemente próximamente se efectúen de lunes a viernes», adelanta Cordeiro.

Lucila Valente y Juan Corominola se adelantaron a esta primicia sin saberlo y se casaron un lunes de abril. Mas salvo por el día de la semana que marcaba el calendario, todo lo demás preservó la impronta de un festejo sin limitaciones de día laboral y horarios de oficina. «Decidimos casarnos en el primer mes del año, deseábamos hacer algo bien íntimo, de no más de veinte personas, mas bien armado. Mi mujer solicitó turno para el día que cumplíamos 4 años de novios, que caía lunes. Y en el momento en que nos confirman la data reservamos el salón. Fue ahí donde nos consultaron si deseábamos hacer la liturgia civil en el sitio, y es de esta forma como nos enteramos de esta opción alternativa», resume Juan.

Lo que prosiguió fue regresar al registro para poder ver si contaban con un oficial que los casase fuera de las oficinas. «Lunes al mediodía olvidate», fue la primer contestación de las autoridades. «Si lo logramos debe ser de noche, me afirmaron. Entonces cambiamos el horario en el salón y cerró por todas partes. La liturgia arrancó a las veinte y la juez que nos casó resultó un personaje único. Fluctuó entre el humor y la emoción de una manera que jamás olvidaremos. Un sitio soñado y una juez inusual, fue el perfecto equilibrio», recuerda el novio, que además de esto había puesto una particular condición para la celebración.

«Entramos con Luli de la mano y con nuestra perra Ita a upa (una yorkshire terrier). Yo deseaba que estuviese ahí con nosotros. Y la juez nos casó con Ita como testigo de la unión», afirma este sicólogo y flamante esposo. El servicio ofrece la opción de seleccionar al Oficial Público, que ha de ser autorizado singularmente.