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México 86: otra actuación sublime que quedó a la sombra del partido con Inglaterra

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El nuevo testamento del fútbol argentino se escribió en México 86 y puede ser recordado en videos de futbol. Son tres capítulos que relatan la deificación de Diego Maradona, un cisma que quebró en dos al universo: antes de Diego, después de Diego. Su leyenda, la de la consagración de un pibe de Fiorito como el más grande de siempre, encontró su génesis pero también su pináculo en los cuartos de final frente a Inglaterra. La mano de Dios y la jugada de todos los tiempos en el partido más emblemático de la selección nacional, un clásico cargado de emociones que eclipsó en el consciente colectivo al resto de la campaña albiceleste en la Copa del Mundo. Una de sus víctimas fue el encuentro frente a Bélgica, tal vez el mejor partido de la cronología de Diego con la celeste y blanca.

Ricardo Bochini, el ídolo del ídolo que apenas jugó seis minutos en el campeonato, fue testigo desde dentro del campo de juego de otra hazaña de Maradona: “Fue el mejor partido de Diego en el Mundial, jugó para 10 puntos. Contra Bélgica participó mucho más del juego, metió dos golazos bárbaros y estuvo presente en un montón de jugadas de futbol. Frente a los ingleses por supuesto que tuvo el golazo, pero en la semifinal jugó con continuidad durante todo el partido”, analizó treinta años después para LA NACIÓN.

Bélgica era un triste recuerdo para Maradona, verdugo de su presentación mundialista en España 1982, pero también fue partenaire de una de sus estampitas. La postal eternizó a Diego parado sobre su pierna derecha y con la izquierda seduciendo a la pelota frente a seis belgas que, espantados, desarman una barrera tratando de adivinar el siguiente truco del mago. La imagen se convirtió en reflejo de una futura certeza: ni una tropa podía parar a Maradona. En aquella tarde de Barcelona, el gol de Erwin Vandenbergh fue el prólogo del peor desenlace: la Argentina quedó afuera en la segunda ronda tras caer frente a Brasil y con Maradona expulsado por un artero planchazo a Batista.

Las semifinales de México eran también una revancha para ese insaciable ídolo argentino que, propio de su genio, no se conformaría con los goles a Inglaterra porque su obsesión era la Copa del Mundo. Bajo la conducción técnica de GuyThys, los Diablos Rojos sorprendieron presentándose como “el enemigo público número uno”, tal como escribió Alfredo Relaño el 25 de junio de 1986 en el diario español El País: “Bélgica ha dado muestras de poseer una condición importante: la capacidad de sacar el máximo provecho de sus posibilidades, hasta el punto de, gracias a ello, acercarse o superar a rivales objetivamente mejores. Estudia al rival y le dificulta la tarea; su primera preocupación es desarmar al rival; después hace lo que puede con el tiempo y los balones que le sobran, una vez alcanzado ese fin prioritario.”

La generación de oro belga hizo historia en territorio mexicano tras una primera rueda de irregular rendimiento que sorteó como uno de los mejores terceros con apenas tres puntos después de caer con México, vencer a Irak y empatar con Paraguay. En el mata-mata sobrevivió de batacazo en batacazo: en octavos de final eliminó a la poderosa Unión Soviética en un agónico tiempo extra que terminó 4-3 con la complicidad del árbitro sueco Erik Fredriksson que cobró un gol con la mano y en cuartos dejó afuera por penales a la España de Emilio Butragueño que antes había bailado a Dinamarca. El arquero Jean-Marie Pfaff y los mediocampistas Enzo Scifo, el pequeño Pelé, y Jan Ceulemans, autor del gol frente a los españoles, eran las estrellas del elenco Waffle que se había colado entre los cuatro mejores.

Con el impulso del épico triunfo frene a los ingleses, la Argentina impuso condiciones desde el primer minuto con un Maradona en plan estelar. Cada intervención suya fue un poema: en la primera pelota que tocó humilló a un rival con una ruleta, en la segunda dejó solo a Jorge Burruchaga ante la presencia de Pfaff, en la tercera la frenó con la suela y en la cuarta lanzó un bombazo que el arquero alcanzó a desviar dejándosela servida a un Valdano que convirtió con la mano un gol que rápidamente fue anulado. Fue un primer cuarto de hora intachable del equipo de Carlos Bilardo: presión asfixiante, recuperación rápida en campo contrario, delanteros que desconcertaban a los rivales moviéndose por todo el frente de ataque y el prestidigitador al servicio del equipo, asombrado otra vez a su audiencia cuando el mundo entero creía que nada más en su repertorio podía asombrarlo después de aquella remontada a campo traviesa frente a Inglaterra.

Diego siguió dando cátedra pero a partir de su espíritu destructor Bélgica equiparó el trámite. Ceulemans se convirtió en patrón del mediocampo y Scifo, a la postre elegido el mejor jugador joven del campeonato, era un estilete que escorado por la derecha dinamitaba la espalda de la última línea albiceleste. El silbatazo que terminó el primer tiempo fue un desahogo para un apremiado plantel argentino que en el túnel rumbo al vestuario mantuvo a grito pelado una reunión urgente para sacarse la modorra.

Con un semblante renovado, los argentinos recuperaron la hegemonía del partido para construir un contexto que le permitiera lucirse a Maradona, el capitán que intuía que el futuro de su equipo dependía de él, tal como lo relata en su libro más reciente, Mi Mundial, mi verdad: “Me tenía que hacer cargo, más que nunca me tenía que hacer cargo de la situación. Tenía que salir a ganar el partido solo, ganarlo. Pero eran mis compañeros los que me ayudaban a ser figura. Y a los seis minutos del segundo tiempo, empecé a ganarlo”.

Un corte y una quebrada: un pase filtrado de Burruchaga le sirvió el gol a Maradona, quien picó al vacío y, tras dejar en el camino a dos centrales que intentaban desestabilizarlo, aprovechó el desafortunado achique de Pfaff para darle una pincelada con la cara externa de su botín izquierdo a la pelota. Gol. Argentina a un paso de la final del mundial gracias a otra invención de un hombre que en otra tarde para la historia se empezaba a convertir en un dios pagano. Pero aún quedaba un último as bajo su manga.

Después de tirarle un sombrero a Scifo y de repartir tres pases gol, Maradona construyó un gol que muchos osan elegir por encima de la apilada frente a los ingleses en su consideración personal.

Maradona recibió en tres cuartos rival, encaró desde el centro hacia la izquierda rumbo al arco de Pfaff, dejó a cuatro belgas desparramados y definió con un zurdazo cruzado mientras perdía el equilibrio. Un gol imposible, un festejo imposible trastabillando durante casi toda su carrera hasta que por fin pudo asentarse, alzó su puño cerrado, sonrió y repitió su típico salto hasta que se encontró con los brazos de sus compañeros, incrédulos otra vez ante su genialidad. Maradona lo había hecho de vuelta, tres días después, adueñándose para siempre del olimpo futbolero. Maradona había clasificado a la Argentina a la final del Mundial en un segundo tiempo soberbio, probablemente el mejor de su carrera y el mejor de un jugador en un mundial.

Burruchaga, socio ideal de Diego, coincide: “Jugó muchos partidos bien pero en ese redondeó el mejor. Metió dos tremendos golazos, de malabarista. El segundo con esa eterna imagen de él cayendo;sólo Maradona podía hacer eso. Ese día la rompió”. Desde el otro arco, Nery Pumpido agrega: “Hizo un partido extraordinario pero el gol frente a Inglaterra tapa todo. Si no lo hubiera convertido, los dos de la semifinal hubieran sido sus mejores goles”.

Bélgica se iba de la Copa del Mundo tras jugar un partido monumental. El monólogo de Maradona, consciente de su propia genialidad, destruyó a una selección que parecía indestructible. Así lo reconoció un desolado Thys después del partido: “Argentina tiene al mejor jugador del mundo, capaz por sí solo de inclinar la balanza de cualquier partido. Si yo lo hubiera tenido, ahora seríamos finalistas. Él hubiera llevado a cualquier equipo a la final del mundial. Si hubiera jugado para Bélgica, hubiéramos ganado dos a cero”.